Otra nueva alerta feminista. Semblanza de un semblante

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Otra nueva alerta feminista. Semblanza de un semblante

Es viernes 17 de noviembre. Una nueva alerta feminista. Alertas que la Coordinadora de Feminismos del Uruguay, realiza frente a cada feminicidio. Va más de un año, y no desistirán. Cada vez que la injusticia encarna, cada vez que la violencia de todos los días, esa violencia que no vemos en el cargazo bobo cotidiano, en la naturalidad de las palabras que usamos para hablar de los demás, y sobre todo de las demás, cada vez que esa violencia que respiramos contrabandeada en el aire que nos sostiene se materializa en la vida de una mujer, la indignació encarna en el grito y en la rabia que toma 18 de julio y nos alerta. Esta vez, la violencia se hizo carne en en Valentina, una niña de 9 años, violada y asesinada.

La semblanza de esta marcha, es una tarea muy difícil. Es difícil elegir las palabras. No es menor que esas palabras las esté eligiendo un varón, que las elija quien no sabe de tener que ponerse los auriculares para evitar escuchar el desfile de guarangadas en cualquier momento y cualquier lugar, y mucho menos sabe que en cada guarangada, repetida hasta el cansancio, se imprime y se encarna también como los femicidios, lentamente y gota a gota, el miedo y el sometimiento sobre el cuerpo de las mujeres. Miedo que no es exagerado, que no es persecuta. Mientras uno puede además de ser varón, intentar desde la comodidad de su tranquilidad buscar el punto moralmente adecuado, “ser un varón correcto”, las mujeres viven sabiéndose potencialmente violadas, potencialmente sometidas, potencialmente asesinadas. No quiero ahondar ahora en la larga lista de violencias de las que sé de escuchar, de haber visto, y hasta de haber ignorado, pero de las que poco he sentido.

En definitiva, para mí era un reportaje más, una cobertura necesaria en la larga guerra que pretendemos hacerle al sistema, al capitalismo, a la injusticia. Ir, mirar quienes habían, qué tipo de gente, contar sobre todo cuanta gente, buscar algún cartel, pensar tácticamente como ordenar los comentarios divertidos, las descripciones y los momentos solemnes para convencer a un público de que hay que cambiar este mundo. Pero seguía siendo un reportaje más.

Reportar por ahí esas cosas que uno entiende. Ver cuánta gente hay: alrededor de 600 personas. Mirar la calle, se tomaron las dos sendas de 18 de julio. Tipo de personas, de todo tipo, la mayoría mujeres pero también algunos varones, ancianos, niños, gente adulta, gente joven. Arriesgar a decir que a lo mejor se esperaba más gente dada la particularidad del caso. Comentar que cuando las compañeras dicen muerte al macho, no hablan de la muerte al hombre y al varón singular, sino a ese macho que llevamos dentro, los varones sobre todo aunque a veces pueda también llevarlo una mujer.

Que los abrazos, que ese ritual del que poco entiende la política clásica, de bailar en círculos, de gritar a lo indio que está en todas las alertas es un componente importantísimo de una forma de hacer política que harta de los discursos grandilocuentes y los análisis de escritorio vuelve al rito, la repetición, al cuerpo mismo. Que lo patriarcal también está en el estrado y la solemnidad, mientras que la reproducción de la vida, el cuidar y el escuchar los recuperan las compañeras rompiendo las jerarquías. Qué lindo el análisis. Qué revelador. Habría que contar también sobre el final, no hay orador principal, no hay oradora principal tampoco. La consigna se imprime y se lee en colectivo. El ritmo pausado y desordenado del comienzo se va acompasando y al final siempre es un corazón que late, amplificado por los bombos sí, pero sobre todo por la sintonía que se construye en eso: no se trata de destacar, de competir, de brillar. Se trata de acompañar.

Otros aspectos que deberían ser entendibles. La marcha de hoy terminó con una hoguera en el centro de la calle. El guiño irónico del canto que la acompaña: las que cantan se reivindican como las nietas de las brujas que nunca se pudo quemar. Hay fuego porque como dicen ellas, que el dolor se transforme en rabia, y la rabia en rebeldía, y la hoguera de pronto ya es lo que menos calienta, lo que menos quema.

Las alertas feministas, intelectualmente hablando, pensando, razonando, son una nueva forma de hacer política. Hay autoras, como Raquel Gutierrez, que llegan a hablar de una “política en femenino”. Muchos dirán que sobran personas que hayan propuesto nuevas formas de hacer política, que en definitiva y a la larga no terminan siendo más que un señuelo para entrar al ruedo de la competencia por el prestigio y los privilegios que le acompañan. Así ha sucedido, de hecho, con la gran mayoría de las iniciativas emancipatorias del siglo XX, y de los comienzos del XXI. La novedad ahí queda como una excusa, como un recurso retórico para conquistar la vanguardia de los movimientos sociales. Pero en las alertas feministas, no se trata de teoría (no quiere decir esto que no haya compañeras que teoricen, piensen y reflexionen luego sobre la lucha, de hecho son muchas y demasiado poco conocidas), la novedad parte de la forma misma en que se manifiestan, es coherente desde el gesto más espontáneo hasta los rituales que han ido creando de protesta en protesta, desde la organización a la síntesis.

Una nueva alerta, y en realidad, uno se pregunta hasta cuándo estaremos en permanente estado de alerta. Uno se pregunta cuando dejar de ser excepcional lo que se repite permanentemente, el estado de excepción excepcionalmente deja de reclamar alertas.

Esta más o menos sería la nota. con los elementos y las descripciones de rigor. Hasta que de repente un semblante (que es mucho más que un rostro, es mucho más que una cara) desarma todo, y si ya era difícil querer escribir del día de hoy, el semblante de una compañera termina de hacer inútil todo intento de poner esto en palabras. Ir, saludar, cerrar jornada y esperar la llamada para el móvil. La compañera tenía la cara cansada, los ojos negros apagados, las cejas arqueadas hacia abajo, abandonadas. A lo mejor, me llamó la atención porque la compañera siempre ríe, es alegre. ¿Y esa cara?. Le pregunté. “Pasa que fue muy fuerte”. Ahí me dije, claro, todo ese final de abrazos, de gritos, de cantos, de rondas, de bombo, no es un mero gesto, la protesta y el dolor pasan por el cuerpo, atraviesan la conciencia. Esta forma de lucha, claro, tiene también eso. Y como por costumbre uno se pone intelectual, se pone práctico, y termina pensando en “la forma de manifestar”, y en lo útil que es para generar conciencia. Me puse a pensar también por qué es necesario ver en un rostro conocido el dolor para que remueva así, para que nos despierte y nos espabile un poco. Así como pasa que cuando la víctima es una niña, la opinión pública parece estar más indignada. Pregunté por las dudas: “Lo de ahora decís que fue fuerte no?”. Estaba, debo decirlo, pensando en sacar más jugo para esta nota.

Lo que pasó fue fuerte”.

No lo dijo para corregirme, no lo dijo por nada en especial más que contármelo. Pero eso que dijo, me hizo ver que no entendemos nada. Y agrego ahora: de cómo vamos a seguir hasta que de una vez por todas entendamos.

By | 2017-11-18T18:43:26+00:00 noviembre 18th, 2017|Opinión|0 Comments

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